Hay historias que uno entiende mejor
cuando ha tenido la oportunidad de vivirlas desde dentro
por Jordi Masalles
Hay historias que uno entiende mejor cuando ha tenido la oportunidad de vivirlas desde dentro. Mi historia con Fernando Rodríguez De Mondesert y con Jazz en Dominicana es una de ellas.
Yo llegué a la música de una manera un poco diferente a muchos de los músicos que admiro. Empecé a tocar batería cuando ya no era precisamente un muchacho. Quizás por eso mi relación con la música siempre ha tenido algo de descubrimiento, de curiosidad y, sobre todo, de agradecimiento. Nunca di por sentado el privilegio de poder sentarme detrás de una batería y compartir con los mejores músicos del país.
Y fue precisamente desde ese lugar que conocí a Fernando.
Yo visitaba La Canasta con cierta regularidad, y no fue hasta mucho después que me enteré que había sido Fernando el que creó aquel pequeño espacio del Hotel Sheraton donde se tocaba jazz, era un lugar pequeño, pero para quienes estábamos comenzando a acercarnos a ese mundo tenía una dimensión mucho mayor. Allí había música, conversación, amigos y esa sensación tan particular que se produce cuando uno descubre que una ciudad puede tener espacios donde el jazz puede respirar.
En 2006 nació Jazz en Dominicana y en este año ya cumple 20, ¿Recuerdan la canción que dice que 20 años no son nada? Pues hace “nada” que esto empezó.
Desde entonces he tenido el privilegio de apoyar a Fernando y de tocar con mi grupo prácticamente desde los inicios de ese proyecto. Lo he visto crecer, transformarse, superar dificultades y convertirse en algo mucho más grande que una página, una agenda de conciertos o una plataforma para presentar músicos, se convirtió en un espacio, y los músicos sabemos lo que significa que alguien cree un espacio para nosotros.
Un escenario no es simplemente un lugar donde uno coloca una batería, un piano, un bajo o una guitarra. Detrás de cada escenario hay alguien que decidió que esa música merecía estar allí. Alguien que hizo llamadas, organizó, convenció, insistió, buscó recursos y asumió riesgos para que los músicos pudiéramos hacer nuestro trabajo, Fernando ha hecho eso durante años, yo lo he visto de cerca.
He tocado con mi grupo en Jazz en Dominicana desde sus comienzos y aún hoy continúo haciéndolo en su espacio del Hotel Dominican Fiesta. Esa continuidad, para mí, dice mucho más que cualquier cifra.
Porque las cifras pueden contar cuántos conciertos se han producido o cuántos músicos han participado. Pero no pueden medir la cantidad de veces que alguien tuvo que insistir para que un concierto ocurriera. No pueden medir las conversaciones, los esfuerzos, las dificultades ni la pasión necesaria para mantener vivo un proyecto durante tantos años, y quizás por eso mi admiración por Fernando ha ido creciendo con el tiempo.
Hay algo que siempre me ha llamado particularmente la atención en su trayectoria. Fernando llegó a un mundo en el que habían pasado personas que habían luchado por el jazz en nuestro país. Y cuando pienso en esa historia, inevitablemente me vienen a la mente Federico Astwood (EPD) y en Guillo Carías (EPD).
Ellos tuvieron un papel extraordinario como propulsores y promotores del jazz dominicano. Los conciertos Jazz Astwood y los que presentó Guillo en nuestro país crearon espacios, acercaron músicos y público y ayudaron a mantener viva una música que nunca ha tenido el camino fácil.
Federico murió en 1998 y Guillo emigró a los EEUU en 1987.
Durante algunos años quedó un vacío. Y con el tiempo, mirando lo que ha ocurrido después, yo he llegado a considerar a Fernando como una especie de sucesor, tanto de Federico como de Guillo, en esa tarea de impulsar y promover el jazz en nuestro país.
Y aunque cada uno tenía su manera de proceder, sí creo que existe una continuidad en la misión: esa voluntad de hacer que el jazz tenga un lugar, que los músicos tengan dónde tocar y que el público tenga la oportunidad de escucharlos. Para mí, Fernando recogió esa antorcha.
Quizás esa sea precisamente una de las cosas que más admiro de él: no necesitó ser músico para comprender que la música necesita de personas que crean en ella. Fernando no es baterista, ni pianista, ni saxofonista. Y quizás por eso su aporte resulta todavía más significativo. Él escogió estar del otro lado del escenario.
Durante estos años he tenido la oportunidad de compartir muchos momentos con él. Algunos sobre un escenario, otros alrededor de una mesa, otros simplemente conversando sobre música. Y siempre he encontrado en Fernando esa misma curiosidad que percibí desde aquellos primeros encuentros: el deseo de conocer, de descubrir, de conectar músicos con público y de encontrar nuevas maneras de hacer que el jazz siga vivo.
Cuando uno empieza una aventura musical a una edad en la que otros ya llevan décadas tocando, puede sentirse como si estuviera llegando tarde a una fiesta que comenzó hace mucho. Pero la música tiene una virtud extraordinaria: no pregunta cuándo llegaste. Si tienes algo que decir, te escucha. Fernando también entiende eso.
Por eso valoro tanto que Jazz en Dominicana no haya sido solamente una plataforma para los músicos que estaban en plena carrera. También ha sido un lugar al que podemos regresar.
En mi caso, regresar a tocar con amigos, reencontrarme con músicos queridos y sentarme detrás de una batería tiene un significado especial. No estoy buscando comenzar una carrera ni demostrar nada. Toco porque todavía disfruto profundamente hacer música.
Para mí, queda una palabra: legado.
No solamente el legado de los conciertos, de los músicos, de las fotografías, de las entrevistas o de las publicaciones. Queda algo mucho más difícil de medir: una comunidad. Una generación de músicos que encontró oportunidades. Un público que descubrió artistas. Jóvenes que pudieron escuchar jazz en vivo. Músicos experimentados que encontraron un lugar para regresar. Y una historia que, gracias al trabajo de Fernando, está siendo documentada y preservada.
Eso no sucede por casualidad. Sucede porque alguien decide que vale la pena. Fernando decidió hace mucho tiempo que valía la pena.
Desde aquellos días en La Canasta (en los que yo no lo conocía) y desde que comenzó Jazz en Dominicana, ha estado en los escenarios y detrás de ellos, y hoy sigo viéndolo.
Por eso, cuando pienso en estos veinte años de Jazz en Dominicana, no pienso solamente en Fernando como el creador de un proyecto, pienso en Fernando como un propulsor, como alguien que entendió que el jazz dominicano necesitaba personas que lo empujaran hacia adelante.
Y cuando miro hacia atrás en nuestra historia, veo una línea que comienza con personas como Federico Astwood y Guillo Carías y que Fernando, desde mi perspectiva, ha continuado.
Tal vez esa sea la mejor manera de explicar lo que siento. Yo empecé tarde a tocar batería. Fernando empezó temprano a escuchar. Y durante todos estos años, de una manera u otra, hemos seguido encontrándonos alrededor de la misma música.
Felicidades!
Jordi Masalles
12 de Octubre de 2026


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