miércoles, 2 de septiembre de 2026

El hombre que estaba escuchando - por Héctor Santana

El hombre que estaba escuchando
por Héctor Santana

Hace veinte años, Fernando Rodríguez De Mondesert estaba sentado escuchando jazz. La escena, vista desde hoy, tiene algo extraordinario. Era septiembre de 2006. Guy Frómeta, Jeremías King, Sandy Gabriel y Rafelito Mirabal tocaban aquella noche y, según cuenta el propio Fernando, él era el único miembro del público.
Cuatro músicos tocando para un hombre que escuchaba.
Ellos hicieron lo que hacen los músicos: tocaron… y Fernando hizo algo que quizás en ese momento ni siquiera imaginaba hasta dónde llegaría: escuchó.

Aquella experiencia lo llevó a escribir sobre lo que había vivido. Poco después nació Jazz en Dominicana. Y al mirar estos veinte años, no puedo evitar pensar en la hermosa ironía de aquella escena: un hombre que estaba prácticamente solo escuchando a unos músicos terminó dedicando buena parte de su vida a procurar que nuestros músicos fueran escuchados.

Pero en cuanto a mí, mi historia con Fernando había comenzado mucho antes. Unos veinticinco años antes de que existiera Jazz en Dominicana. 
A finales de 1981 yo era apenas un muchacho y tocaba con Nick “Túcaro” Silfa y Juan Francisco Ordóñez. Fernando trabajaba entonces en el Hotel Sheraton, después de aquellos años en Houston que terminaron de convertirlo en un jazzófilo empedernido. 
La Canasta era un pequeño restaurante del hotel que, por lo visto, tenía un problema: se llenaba pasada la medianoche, cuando la gente llegaba buscando sus famosos caldos y sándwiches, pero había que hacer algo con las horas anteriores. Y Fernando tuvo una idea: jazz.

Así terminamos Túcaro en la batería, Juan Francisco en la guitarra y yo en el bajo, tocando jazz y fusión en La Canasta. Todavía puedo recordar el ambiente de aquel pequeño lugar y, de manera muy particular, un sancocho “épico”. Y, para ser fiel a la historia completa, en los momentos de ocio también recuerdo alguna que otra partida de Pac-Man en una de aquellas máquinas de arcade que hoy son casi piezas de museo. Éramos muy jóvenes.

Pero recuerdo algo más… a Fernando. Aquel muchacho que venía de Houston transpiraba amor por el jazz. Se le notaba. En su entusiasmo, en la conversación y, sobre todo, en algo que con los años descubriríamos que se convertiría casi en una vocación: crear oportunidades para que otros hicieran música.

Pensándolo ahora, Fernando me abrió un espacio para tocar jazz unos veinticinco años antes de crear Jazz en Dominicana.
Y quizás haya aquí una historia aún mayor. Ya que Fernando no llegaría a un terreno completamente virgen. Antes que él, Federico Astwood había ocupado un lugar muy particular —quizás único en su tiempo— como gestor y promotor del jazz en nuestro país. Sus recordados conciertos Jazz Astwood abrieron escenarios, crearon público y mantuvieron viva una música que siempre ha necesitado de gente dispuesta a empujarla.
Federico murió en 1998, y con su partida pudo parecer que también se apagaba una manera muy personal y tenaz de promover el jazz dominicano… Pero no fue así.

Sin pretender establecer una sucesión en todos los sentidos —y salvando todas las distancias—, hay algo de Josué después de Moisés en esta historia. Fernando no vino a ser otro Federico Astwood, sino a ocupar su propio lugar. Con otra personalidad, otros métodos, otro tiempo y, eventualmente, una plataforma propia. Pero recogiendo una antorcha que no podía dejarse apagar.

Visto así, cuando Jazz en Dominicana nació en 2006, no solamente estaba comenzando algo. También estaba preservando algo. Una historia que venía de antes, un espacio que otros habían ayudado a construir y una causa que necesitaba quien siguiera empujándola… Fernando lo hizo.

Yo fui uno de aquellos músicos.
Y quizás por eso estos veinte años significan algo especial para mí. Porque puedo mirar hacia atrás y darme cuenta de que Jazz en Dominicana no apareció de repente en 2006. Mucho antes de tener un blog, producir cientos de conciertos, documentar una parte importante de nuestra historia musical o convertirse en el gestor y promotor que conocemos hoy, Fernando ya estaba haciendo espacio para el jazz y para quienes lo tocábamos.

Pero algo más, Fernando no es músico —aunque esto depende de cuán generosos seamos con la definición y de lo que él mismo alegue en su defensa—. Y quizás por eso su historia me resulta todavía más extraordinaria.
Quienes hemos hecho música sabemos que detrás de cada presentación hay mucho más de lo que ocurre sobre una tarima. Para que un músico pueda subir, conectar su instrumento y contar su historia, alguien tuvo que creer que valía la pena abrir ese espacio. Alguien tuvo que hacer llamadas, convencer, coordinar, insistir, promover, resolver dificultades y, muchas veces, continuar cuando las circunstancias parecían aconsejar exactamente lo contrario.

Eso ha hecho Fernando durante décadas. Otros, que me han precedido en estos escritos, han documentado muy bien los números de Jazz en Dominicana, y son impresionantes: cientos de músicos, más de un millar de presentaciones, publicaciones, encuentros, viajes y proyectos. Pero mi interés en estas líneas no está tanto en resaltar lo que puede medirse, más bien, mi interés es destacar aquello que resulta mucho más difícil medir; ya que detrás de las cifras hay personas.

Hay jóvenes músicos que encontraron una primera oportunidad. Muchachos que necesitaban un escenario para comenzar a contar su propia historia y alguien les dijo, en los hechos: lo que tienes que decir merece ser escuchado. Algunos encontraron en Jazz en Dominicana un lugar para presentar su propuesta, crecer, volver y ser escuchados.

Y también estamos los del otro extremo. Hace muchos años que la música dejó de ocupar en mi vida el lugar único que tuvo en otros tiempos. Otros llamados, otras responsabilidades y otras pasiones fueron ocupando esos espacios. Pero hay algo que le dije al propio Fernando cuando me entrevistó para Jazz en Dominicana y que sigo creyendo profundamente: músico no es lo que haces; es lo que eres.

Uno puede dejar los escenarios. Puede pasar años sin tocar regularmente. Puede incluso pensar que aquella etapa quedó atrás. Pero algo permanece. Y entonces, de vez en cuando, aparece Fernando y abre nuevamente una puerta. En mi caso, algunos de esos espacios me han permitido reencontrarme con entrañables compañeros de viaje, tocar otra vez la música que nos formó y recordar, con un bajo entre las manos, una parte de quien soy.

Incluso cuando, al final de alguna de esas noches, termino comprobando —no sin cierta sonrisa— que mi mente todavía puede ir mucho más lejos y más rápido que mis manos. Y, lejos de verlo como algo negativo, hay también un regalo en reconocer que estamos en otra etapa. Después de todo, esos mismos escenarios que un día vieron otras destrezas hoy pueden mostrar otras virtudes: la experiencia, la madurez, el disfrute sin pretensiones y, quizás, una manera distinta de contar la historia. Para alguien que ya no está buscando una carrera, ni exposición, ni demostrar absolutamente nada, sino sencillamente volver a disfrutar de hacer música con amigos, eso tiene un valor difícil de explicar.

Y aquí aparece una coincidencia que solo ahora, mientras escribo estas líneas, alcanzo a apreciar en toda su dimensión. Fernando me abrió un espacio cuando yo era un muchacho que tenía una vida musical por delante. Más de cuarenta años después, sigue abriéndome espacios cuando buena parte de esa vida musical ha quedado detrás. Entre una cosa y la otra han pasado casi todas nuestras vidas.

Por eso mi gratitud no es simplemente por lo que Fernando ha hecho por “el jazz dominicano”, como si habláramos de una abstracción. Es por lo que ha hecho por los músicos; por los que comienzan y por los que regresamos… por quienes necesitan una primera oportunidad y por quienes agradecemos tener una más.
Hacerlo una vez requiere entusiasmo. Hacerlo durante tanto tiempo requiere nada menos que tenacidad.

Curiosamente, cuando Fernando me entrevistó tiempo atrás y me preguntó por los medios y el jazz en nuestro país, al referirme a su trabajo utilicé precisamente dos palabras: impresionante y tenaz. No las escribo ahora porque haya llegado un aniversario. Ya lo pensaba entonces.

He vivido suficiente para saber que comenzar cosas no es tan difícil. Lo verdaderamente extraordinario es permanecer. Permanecer cuando falta apoyo, cuando los recursos son escasos, cuando la respuesta no corresponde al esfuerzo. Pero también cuando hay que hacer más de lo que razonablemente permiten las fuerzas. Cuando uno mismo probablemente se pregunta si vale la pena continuar. 

Fernando ha continuado. Y eso me habla de una pasión genuina. Porque la pasión verdadera no es solo entusiasmo. El entusiasmo puede durar una temporada; pero la pasión que merece ese nombre sobrevive a las decepciones, se adapta, insiste y vuelve a encontrar razones para hacerlo otra vez.

Pero hay una evidencia de la influencia de Fernando que para mí supera los números, los conciertos, los artículos y hasta los cientos de músicos que hemos recibido aplausos al presentar nuestras propuestas en espacios que él ha ayudado a crear.
Está mucho más cerca de él… en su propia casa. Uno de sus hijos decidió ser músico. Y no simplemente músico: abrazó el jazz y el contrabajo. Eso me dice muchísimo!!!

Es relativamente fácil influir sobre quienes nos conocen desde cierta distancia. Podemos entusiasmar a quienes ven solamente el resultado final. Pero nuestros hijos ven otra cosa. Ellos conocen el costo. Ven el cansancio. Conocen las frustraciones que nadie publica. Escuchan las conversaciones cuando todo termina. Saben cuánto se ha entregado y cuánto ha costado. Por eso, cuando después de ver todo aquello un hijo termina amando lo que su padre ama, estamos delante de una clase diferente de influencia. Una que no se impone, sino que se contagia.

Y quizás sea esa, para mí, una de las imágenes más hermosas de esta historia: un hombre que no era músico amó tanto esta música que dedicó buena parte de su vida a crear espacios para quienes sí lo éramos, y terminó transmitiendo esa pasión dentro de su propia casa.

No sé si Fernando imaginó algo de esto aquella noche de 2006 cuando estaba prácticamente solo escuchando jazz. Mucho menos podía imaginarlo aquel joven gerente que, veinticinco años antes, pensó que poner un trío a tocar jazz y fusión podía ser una buena manera de llenar las primeras horas de la noche en La Canasta.

Pero yo estaba allí. Y más de cuarenta años después, aquí estamos todavía. Él, creando espacios… yo, de vez en cuando, volviendo a tocar.

Por eso, Fernando, gracias. Gracias por la pasión, por la amistad, por la tenacidad. Gracias por las primeras oportunidades y por las oportunidades de volver. Gracias por haber insistido tantas veces cuando probablemente habría sido más fácil no hacerlo.

Y gracias, sobre todo, por algo que comenzaste a hacer mucho antes de que existiera Jazz en Dominicana y que, afortunadamente, todavía no has dejado de hacer: seguir escuchando.

Héctor Isaac Santana
Septiembre 2026

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